lunes, 19 de octubre de 2009

La muerte de los ídolos

Los fanáticos de corazón nunca abandonan a su ídolo. En cambio, los esquiroles pierden interés en su afición o se cambian la playera. En otros casos se presenta una paradoja. El ídolo es sólo ídolo mientras se vea lejano y sea inmortal. Una vez que estrechas su mano o estás cerca de él, su encanto se pierde y la afición se evaporiza. El encanto que te une al ser admirado se rompe.

Durante muchos años, mi primo casi hermano fue fanático de Hillary Duff. Nunca nos explicamos el por qué. La niña aullaba en sus canciones, no era bella, ni tenía una gran campaña mediática. La primera vez que vino a México, mi primo sufrió porque no había quién lo acompañara y había reprobado. Mi tía lo amenazó con no llevarlo. Tras mucho llanto y chantaje, finalmente fue al concierto y pudo verla a lo lejos. Esto exacerbó su afición. Su cuarto se llenó de pósters de Hillary y el boleto se hizo una reliquia.

Hillary Duff perdió a su más grande fanático cuando fue a Puebla. Mi primo compró boleto en primera fila, aunque no se sentó en todo el concierto. Hillary se acercó al público varias veces y mi primo pudo tocarla unas ocho ocasiones. Tocar su mano le hizo darse cuenta de que era real e imperfecta, quizás hasta se dio cuenta de que sudaba y le olían los pies. Rompió el hechizo.

Muchos años antes, cuando yo iba en primero de prepa, conocí a mi ídolo de ese entonces: Jesús el Cabrito Arellano. Un volante por la derecha que empezó siendo lateral y hoy todos dicen que es delantero. En ese tiempo jugaba con las Chivas. La mejor amiga de ocasión de una de mis tías era hermana de la arquitecta que le hizo su casa al Cabrito en Guadalajara. Suena confuso, pero es lo menos importante. La noche anterior a un Chivas – Puebla fuimos a conocerlo al hotel donde se hospedaba. Charlamos un rato, tomamos unas fotos y nos despedimos. Al día siguiente yo seguía impactado. Mi tía me dio el número del Cabrito para que me despidiera de él al día siguiente. Suena maricón y ahora me parece increíble, pero así pasó.

Varios meses después, mi tía llegó con una sorpresa: una playera autografiada por casi todos los jugadores de las Chivas, dedicada a mí. Al sentirla por primera vez me emocioné demasiado. Al terminar de analizarla, dije con cierto desdén: “Le faltan las de Claudio Suárez y Ramón Ramírez”. Creo que la llamada al celular del Cabrito rompió el hechizo. Sin duda si hubiera hablado con Claudio y Ramón, tampoco me hubiera inconformado de que ellos no firmaron.

De los ídolos y los hechizos han hablado muchos. El primer libro serio que leí fue “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez. Tenía 15 ó 16 años y antes de eso sólo leía revistas de nintendo y deportes. No recuerdo cuántas veces traté de empezar a leerlo, pues varias ocasiones me quedé en la página 4. La historia comenzaba lenta, mas cuando llegué a la página 10, ya no pude dejarlo. El libro embonó bien con un adolescente demasiado soñador, inmaduro y enamoradizo. Una historia similar.

El estilo de García Márquez siempre me ha fascinado. Juega con el tiempo y los personajes con un gran dominio del idioma y la trama. Puede escribir un párrafo sobre lo que ocurrirá dentro de 150 páginas y el lector no debe hacer un gran esfuerzo para retenerlo. Cuando llega el momento al que se refirió 150 páginas atrás, la lectura sigue siendo suave y amigable. Su manejo de los saltos en el tiempo es increíble. Más increíble aún es que lo repite en todos sus libros que he leído.

Años después leí Cien Años de Soledad, su obra maestra. Habla sobre un pueblo como si fuera una persona o todas las personas. El final es impresionantemente bien llevado y cuando lo terminas deja la sensación de que no hay nada más que contar. Durante mucho tiempo manejé cierta devoción a García Márquez hasta que la casualidad se interpuso. A diferencia de cuando conocí el Cabrito o mi primo tocó a Hillary Duff, yo no llamé romper el hechizo por Gabo.

Un sábado por la mañana fui al centro del DF a un desayuno que le organizaron a mi sobrina que cumplía 15 años. Ya llevaba un regalo, por lo que no debía llevar dinero. El hada rompedora de hechizos me hizo meter un billete extra a mi cartera. Durante todo el desayuno recibí varias ofertas para ser llevado a la casa. Sistemática me negué a todas y cada una de ellas.

Al finalizar el desayuno salí a tomar el Metro. En el Zócalo había un gran conjunto de carpas blancas. Me acerqué por curiosidad y encontré la Feria del Libro. Di varias vueltas tratando de encontrar algo a un precio barato. No había comprado nada cuando vi una fila larga, larga, larga, más bien larguísima. La seguí sólo para ver qué regalaban. Mi sorpresa fue ver a García Márquez autografiando libros. Con el dinero que metí en mi cartera, corrí a comprarme uno de sus libros y regresé inmediatamente a formarme.

Ese es el inicio de la historia. Después de estar formado más de una hora, Gabriel García Márquez se levantó. Todos los que estábamos en la fila lo seguimos. Voltea a ver a su séquito para decirnos: “No voy a firmar nada más”. Yo prefiero quemar las naves, por lo que me acerco a pedirle que me dé la mano. Un consuelo si de cualquier forma no iba a firmar mi libro. Después de seguirlo por algunas conferencias y otros puestos en la misma Feria, lo vuelvo a interceptar antes de meterse a su coche. Le pedí nuevamente que me firmara mi libro. Me lo arrebata mientras me pregunta mi nombre. Incrédulo, veo cómo saca el plumón y lo autografía. De muchos rincones aparecen decenas de fans rodeándolo, que lo siguieron al igual que yo. Me devuelve el libro y yo me llevo mi “Vivir para Contarla” autografiado.

El libro nunca lo leí. Lo dejé en la repisa de mi cuarto en Puebla para que nadie lo tocara. Cierto día mi abuela lo encontró mientras recogía el desastre llamado mi cuarto. Lo hojeó en algunas partes y ocurrió una historia que ya me había pasado con un libro de García Márquez: no lo soltó.

Después de pedirle amablemente que no volviera a tocar mi libro autografiado, me sorprendió la noticia de que ella disfrutara leer libros que no fueran religiosos. Me apuré a prestarle Cien Años de Soledad y El amor en los tiempos del Cólera. Los devoró en menos semanas de las que esperaba. El siguiente paso fue prestarle Memoria de mis putas tristes. Esa misma tarde se rompió el hechizo. Mi abuela fue a devolvérmelo a mi cuarto. “No quiero leer historias de un viejo cochino”, me dijo. Cuando hace poco leí sobre la hipótesis de que ese libro era una apología del delito de la prostitución, recordé a mi abuela asqueándose por una historia que no tenía que ir a ver al cine para considerarla mala.

Quizás esas críticas vengan de fanáticos de García Márquez que ya cambiaron de playera, que ya no son de izquierda sino de la derecha más absurda. Deberían darles a leer alguno de sus libros malos, darle la mano o recibir un autógrafo.

Al menos a mí me ha funcionado

sábado, 17 de octubre de 2009

Columna semanal


Desde el viernes pasado comencé a escribir todos los viernes en el periódico de Puebla "El columnista". Generalmente escribiré sobre políticas públicas de la región y la manera en que se evalúan.
Las pondré en mi blog los sábados. Esta fue la primera colaboración semanal.

------------------------------------------------------

Señales en el camino

Analfabetas ¿hasta la muerte?


Los grandes inventos cuestan mucho tiempo y dinero, pero vale la pena si mejoran nuestra vida. Sin importar su costo, después de un tiempo la mayoría de ellos terminan por ser complementados o rebasados por otra gran idea. Como los humanos, no son eternos.

Muchos pasos previos de los inventos actuales se han perdido. Fueron complementados con otros, mutaron y se volvieron algo nuevo. Ahora buscamos orígenes de la robótica en las máquinas de vapor, de la genética en la ciencia ficción y del capitalismo salvaje en la desigualdad feudal. Si el progreso fuera una avenida, pasaría por múltiples calles: un gran distribuidor para llegar fácilmente, pequeños pasajes que pueden ser atajos o caminos sin pavimentar. La búsqueda del origen podría llevarnos por cada uno de estos senderos, dependiendo de si queremos adornar el invento con pobreza para enaltecer el esfuerzo, majestuosidad para enaltecer la abundancia o rapidez para enaltecer el ingenio ante lo poco evidente.

Los emprendedores dicen que los inventos dependen de la intuición y el esfuerzo. Un camino que todos pueden alcanzar. Una reivindicación para creer en uno mismo y tratar de cambiar las cosas. Olvidan que también hace falta una gran dosis de conocimiento: contar con las herramientas para divisar lo que es posible y lo que no. Algunos grandes inventos vienen de retar esa posibilidad, pero siempre acompañados de al menos una tenue luz que permita romper el mito. De lo contrario, es alquimia.

Hay un punto común en todos los inventos: aprender del pasado. El mundo es muy viejo y la vida humana muy corta como para ignorar los éxitos y los fracasos de miles de años. La comunicación ha permitido que el hombre enseñe al hombre a crear fuego, a cocinar, a salvar la vida, a construir ciudades y también a destruirlas. Sin embargo, la escritura es el gran invento que permitió inmortalizar estos conocimientos. Las palabras escritas generaron que las ideas saltaran el abismo entre el mundo inteligible y el tangible.

No hay ningún gran inventor o científico moderno analfabeta. Para pertenecer al club de los inventores, cualquier humano ha tenido forzosamente que saber leer y escribir.

A nivel internacional el analfabetismo se refiere a los mayores de 15 años que no pueden leer, escribir ni realizar operación aritmética simple. El imperfecto mundo también permite margen de error. Un país con menos del 3% ó 4% de analfabetismo es considerado libre de esta plaga. El estándar fijado considera la existencia de gente que no quiera (por alguna cuestión cultural) o esté imposibilitada (por algún conjunto de discapacidades) para aprender.

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, en Guatemala, Honduras y El Salvador, casi el 20% de la población es analfabeta. Otros países de la región han trabajado para que todos lean y escriban. Más allá de si sus motivaciones son para generar inventores o votos, el gobierno de Ecuador apenas se declaró libre de analfabetismo. Si la UNESCO lo valida, será el sexto país latinoamericano en lograrlo, después de Cuba, Bolivia, Venezuela y Nicaragua. El caso nicaragüense es significativo, pues hace cinco años competía por los últimos lugares, hoy ya erradicó el problema. El método ha sido realizar campañas de alfabetización efectivas para los que hoy son analfabetas.

En 1970 más de la cuarta parte de los mexicanos eran analfabetas. Para 1990 el porcentaje se redujo casi a la mitad (12.4%) y en 2005 llegó al 8.4%. Como muchas de las cosas que pasan en este país, pareciera que hubo un gran interés por erradicar este viejo mal para colocarnos a la vanguardia de la región y del mundo. Tardamos 35 años en casi reducir la población analfabeta mientras que Nicaragua tardó cuatro en terminarla. Como siempre, nos quedamos en la orilla. Hicimos el plano para construir una catedral, contratamos al arquitecto, compramos el material, inició la construcción y nos faltó ponerle las campanas. A diferencia del caso poblano, en esta ocasión aún no han llegado los ángeles para ayudarnos a subirlas.

La reducción en el índice de analfabetismo no es originada porque se haya dado enseñanza masiva a los que ya formaban parte de la lista. El problema se atacó desde la niñez. Las estadísticas muestran que a nivel nacional el índice de analfabetismo es menor al 3% entre los jóvenes de 15 a 29 años. En cambio, el 25.3% de las personas entre 60 y 74 años y casi 37% de los que tienen más de 75, son analfabetas. El gobierno trabajó en que las nuevas generaciones aprendieran a leer en la niñez. No es culpa de este gobierno que los analfabetas no hayan ido a la escuela, mas sí es responsable de que aún no lean.

Según el INEGI, en Puebla la población analfabeta en 2005 alcanzaba 441 699 personas. Mientras 8 de cada 100 mexicanos no sabían leer, en Puebla eran 13 de cada 100. A nivel nacional, somos el octavo estado con mayor índice de analfabetismo del país. Quizás sea un problema del barrio en que vivimos: más de la mitad de los analfabetas se concentran en Veracruz, Estado de México, Chiapas, Puebla, Oaxaca y Guerrero. Todos son nuestros vecinos directos, excepto Chiapas.

El Gobierno del Estado ha anunciado que durante este sexenio alfabetizó a 26,700 personas y que otras 50 mil han terminado sus estudios de primaria y secundaria. También que la meta para 2010 es alfabetizar a otros 34 mil poblanos y reducir el analfabetismo en un 1%. Los avances en el estado nos ubicarían como máximo con un 11% de analfabetas.

La meta olvida dos factores: la cifra de analfabetos mantiene una tendencia a la baja por las muertes y por la migración de otros estados. Con dicha propensión, eventualmente se terminará el analfabetismo, aunque no será reducido por el trabajo, sino por el tiempo y la muerte. La mortandad podría generar el espejismo de que la gente ya sabe leer. Será cierto en el sentido de que ya no hay analfabetas, pero inhumano y falaz. Respecto a la migración, el porcentaje de analfabetas puede reducirse si sigue aumentando el número de migrantes que llegan a Puebla y que saben leer y escribir.

Hay dos caminos: esperar a que el impulso natural termine el analfabetismo o emprender una cruzada para que la gente que nunca ha escrito su nombre, pueda hacerlo. Hay un instituto encargado, sólo hay que exigirle que aumente sus intenciones y propósitos.

En otros países la discusión ha cambiado. Ahora ya se discute si el analfabetismo se refiere sólo a leer y escribir. Ya se habla de considerar iletrados a los que no terminaron la secundaria e incluso a los que no saben utilizar una computadora o internet. El club de los inventores aumenta los requisitos para pertenecer a su club.

Saber leer no es sólo el tatuaje de los científicos, también es una marca indeleble necesaria para poder salir de la pobreza. El invento para eliminar el analfabetismo no es esperar la muerte o la llegada de migrantes, sino ir ahora para que todos los poblanos puedan convertirse en inventores.

jueves, 15 de octubre de 2009

La cigarra y el mundial

De niño siempre vi una imagen en las caricaturas y películas que me parecía inventada: las navidades llenas de regalos, con un sujeto gordo vestido de rojo y mucha nieve. Los gringos y su ideal de convivencia humana. No la creía por varios factores. Mi familia siempre fue chica y los regalos no pasaban de 6. En Puebla, a pesar de ser más frío que el DF, nunca vi nevar. La nieve fue una desconocida para mí hasta que tuve 20 años.

Cuando viví en Finlandia la circunstancia era al revés. A ellos les costaba trabajo pensar un lugar donde no hubiera nieve durante todo el año. En el país donde el gentilicio de sus habitantes podría ser esquimal, la gente tiene nieve todo el año. Incluso cuando el verano aniquila la que está sobre las calles, comen helado para recordarla, sólo que con mejor sabor.

Dejando a los finlandeses y recordando mi niñez, tampoco cabía en mi imaginación que en el hemisferio sur el invierno fuera en julio y el verano en enero. Si imaginarme una navidad con nieve me parecía complicado, el calor navideño era insoñable. Hoy que lo vivo, sospecho de repente que llegué en diciembre y me voy en julio. Los meses son absurdas cadenas para nombrar y explicar el clima libre.

Las últimas semanas ha cambiado mucho el clima respecto a cuando llegamos. La ventana de nuestra habitación da a la calle. Un árbol plantado afuera del edificio me recordaba mi situación invertida. A la mitad de agosto el árbol estaba pelón. Sus ramas se movían fuertemente y generaban un ruido de película de terror. Hoy el árbol ya se ve de color verde. Las hojas de sus ramas se frotan suavemente. En ocasiones hasta parece que tocan una canción.

No sólo los árboles cambian en Santiago. Los Andes también sufren con el verano. Los guardianes de la Ciudad, indestructibles ante las nubes o el hombre, ya no son cubiertos por la nieve. Cuando los miras fijamente, parece que algunos árboles en la cordillera también mueven sus hojas. Quizás el sonido generado por ese movimiento, hace que tengas más ganas de salir a la calle.

No había visto que el barrio está lleno de parques. Tampoco sabía que existían tantos niños y personas en sillas de ruedas. Por las tardes, los niños corren en los parques, se nadan en las fuentes y juegan con las estatuas. Las personas con discapacidad van en sillas de ruedas llevadas por sus familiares. La ciudad les impide que salgan por sí solas. Sin embargo, creo es una enorme ventaja que los demás los vean disfrutando del mundo.

El cambio te permite reflexionar sobre la vida en general. Te recuerda, aunque no veas el calendario, que pronto no podrás salir al parque o que el destino te alcanzará y no podrás esquiar hasta el otro año. Un recuerdo permanente que avanza mientras te quitas o te pones más ropa para salir. Te llama a hacer cambios. La vieja fábula de la hormiga y la cigarra.

En mi país sin estaciones el entorno casi no cambia. Incluso cuesta trabajo darse cuenta si el mes de las lluvias es julio o agosto. Desde niño me mareaba que me preguntaran eso en mi examen de la primaria, cuando una lluvia podía caer en julio, enero u octubre. En diciembre casi siempre hace más frío, pero también puede tocar un día caluroso. En México parece que no hay estaciones, como tampoco hay reflexión. La cigarra nunca recibe su merecido pues siempre hay de comer o al menos hay sol.

Chile calificó al mundial después de doce años. La gente está en algarabía total. Terminaron en segundo lugar en una eliminatoria donde ni ellos pensaban que podían quedar quintos. No se desviven en elogios internos sobre su grandeza. La humildad sale y la gente no deja de cantar: “Bielsa, Bielsa querido, los chilenos no te vamos a olvidar”. El mérito de la algarabía es del obsesivo técnico extranjero. Los analistas ven que Marcelo Bielsa encontró la cuadratura del círculo. Cambió posiciones al por mayor y hoy su equipo juega por nota. Beasujour es un delantero que compró el América y que en México no me parecía siquiera jugador de futbol. Al verlo en la selección chilena parece que tiene cuatro pulmones y mucha más técnica. La diferencia de jugar por la playera y no por el bolsillo.

Los chilenos viven el triunfo después de sufrir dos procesos tortuosos. En el último mundial pudieron ir casi al final. No ganaron por los peseteros, como dirían los españoles. Un grupo de jugadores que no se rompió el alma y que no quiso alegrarse el verano. La televisión presenta hoy la imagen del Chile ganador. Clasificaron al mundial y jugarán contra las grandes estrellas. Todo gracias a Bielsa.

México está en el mundial. Nuestra celebración también es grande. Yo no dejo de estar sumamente contento, pero no hicimos nada especial. No enfrentamos ex campeones mundiales ni nuestro juego dependió de un planteamiento táctico arriesgado. A pesar de eso, a la mitad del camino corrimos a nuestro técnico y trajimos a un chingón que cambiara a todos los jugadores peseteros.

En México la televisión seguro no estará tan destinada a comentar el triunfo futbolístico. En medio de la algarabía se aprovecha la cortina de humo y se empieza romper con el sindicalismo más ranchero. Me da más gusto que sea contra los electricistas. Creo en los derechos excesivos para los trabajadores que trabajan. También leo que en Puebla hay mucho ruido por los empleos que se perderán. Seguro es porque en Puebla no han sufrido el servicio de Luz y Fuerza del Centro. Ni el invierno más frío ni el calor en diciembre es peor que eso.

Parece que el clima ata al ser humano los patrones de comportamiento. Le dice que adapte todo para que siempre siga igual o que rompa con todo de un día para otro. El chileno y más el finlandés cambian las cosas de golpe y porrazo. El mexicano prefiere esperar a que todo siga igual: que llegue el tsunami, el huracán o la inundación. Es mucho más barato.

Aparte parece que en cualquiera de los casos la vida nos sonríe y siempre vamos al mundial. Lo bueno de tener vecinos donde las estaciones tampoco existen.

Concacaf debería ser la conferedación de las cigarras y Santa Claus, al menos hasta que Canadá aprenda a jugar mejor al futbol

lunes, 12 de octubre de 2009

Bailando cambian las cosas

En las primarias las maestras están obsesionadas con poner a los niños cantar y bailar. Quizás sea para aumentar la felicidad de los padres y éstos paguen alegremente la colegiatura o colaboren voluntaria y onerosamente para el material de las presentaciones.

En México los bailables infantiles no buscan enseñar a bailar. No tienen por qué hacerlo. Si dejara de zapatearse de manera distante el jarabe tapatío y los niños aprendieran a bailar salsa, tango, cumbia o huaracha, la sociedad conservadora exigiría el retiro inmediato de la actividad. El baile sería un instrumento del pecado y una bomba a la unidad familiar. Algunas escuelas privadas podrían buscar clientes: “En esta primaria enseñamos inglés, computación y no tenemos bailables”.

En los bailables, los padres orgullosos incluso faltan al trabajo para ver a su hijo hacer el ridículo. Antes de mi boda hicimos una revisión a la biblioteca de videos caseros para ver qué material podría incluirse en el video. Entre el apogeo tecnológico de poder grabar los mejores momentos de su familia usted mismo, que se vivía en los 90s y el hecho de ser el pequeño primogénito de mi madre, el material fílmico era amplio. Las burlas, casi veinte años después, también lo fueron. Todos reían de lo bonito que me veía, como si la belleza efectivamente causara gracia.

Entre más pequeños sean los niños, más bonitos se ven. Entre menos se puedan mover y más se equivoquen, más ternura y emoción provocan a la tribuna. El mundo premiando el esfuerzo y no la habilidad. Una envidia para los adultos fracasados. En muchos casos, para que los pequeños mejoren su desempeño dancístico y no lloren, los padres y maestros se mueven frente a ellos. Casi nunca logran su cometido y el movimiento preescolar continúa siendo torpe.

No importan los gritos de apoyo, los cuales pueden ser venenosos y provocar la desconcentración de algunos niños. A una de las pocas presentaciones que fui de mi hermana cuando era pequeña, varios de sus compañeros comenzaron a llorar. Pareciera que ver a su mamá bailando “Hasta luego cocodrilo” les pareció tan ridículo que los orilló al llanto. En su grito enunciaban una frase disfrazada: “Deja de hacer eso mamá, me pones en vergüenza frente a mis compañeros”

Hace una semana fui al estadio para ver el Clásico chileno: Colo Colo vs Universidad de Chile. Al diferencia de un bailable, en lo que más me fijé no fue en el desempeño descoordinado de los equipos, sino el comportamiento de la tribuna.

En Sudamérica parece que los bailables que enseñan en la primaria sí sirven para algo. El estadio canta y baila durante todo el partido. La porra de la U de Chile es magnífica por su coordinación corporal y vocal envidiable con una dicción casi perfecta. Algunos de sus cánticos son iguales que los de otros lugares del mundo (como el dale O, dale león, pongan huevos, moja la camiseta, etc.), pero otros son ataques directos al Colo Colo. Cuentan la historia de sus campeonatos incluyendo detalles anecdóticos, alaban a sus ídolos que ya no juegan (como el Matador Salas) y se enarbolan diciendo que el estadio colocolino estará más moderno pero que su hinchada no tiene pasión.

La porra del Colo Colo también canta, aunque lo hace más reservado. A pesar de jugar como local y tener las tres cuartas partes del estadio con sus seguidores, sus cánticos se escuchaban como un susurro. Como el padre tímido que no quiere gritarle a su hijo para que baile mejor. En la porra del Colo Colo todos cantaban pero lo que decían era indistinguible. Algunas palabras las pronunciaban mal, en otras la rima nunca llegaba. Finalmente eso jugó a nuestro favor: pudimos fingir nuestro canto para evitar que alguien nos acusara de apoyar a la U.

La primera vez que fui a un estadio tenía como 8 años. Fui a ver un Puebla- Atlas. La imagen es borrosa y sólo recuerdo a dos enemigos directos: un delantero pelón llamado Ubaldi en el Atlas y el portero fuera de serie del Puebla apellidado Rabajda. Durante un tiempo me volví un fanático sin alma ni pasión por el equipo: iba al estadio a apoyar a las chivas contra el puebla y al puebla contra el América. Los demás dieciséis juegos no me importaban. Muchos pensaban como yo, pues el estadio sólo se llenaba esos dos partidos. En México nunca he visto mejores cánticos que en los estadios chilenos. Ni en el desfile bailable del 5 de mayo en Puebla.

En Chile no vi a ningún niño durante el camino, ni en el estadio. Ese día nadie vivió el entusiasmo que tuve cuando fui a ver el Puebla- Atlas. Agradecí incluso ir solo con un amigo y sin mi mujer. El camino era hostil ocasionado en gran medida porque al interior del estadio no venden cerveza. Los aficionados llegaban ahogados en alcohol al partido. Hubo varios espectáculos desagradables que no pude olvidar con alcohol durante el juego.

En el trayecto al estadio cierran todas las calles aledañas. Cuando aún faltan varias cuadras para llegar, muchos borrachines tienen necesidad de orinar. Sin embargo, la policía reprende a los meones que se paren en alguna esquina o terreno baldío. Con la pinga de fuera, muchos terminan orinando mientras caminan o caminando mientras orinan. Cuestión de enfoques.

En general los chilenos son más reservados que los mexicanos. Sin embargo, los insultos en el estadio tienen mayor carga sexual. Nada de qué asustarse, pero genera sorpresa en este país. Dispersos en todo el estadio, durante el entretiempo varios aficionados al Colo Colo hacen un hallazgo: todos los de la barra de la U son maricas y les gusta caer en sus grandes penes colocolinos. Al menos eso dicen los pasos de baile que hacen con los miles de globos alargados negros que trajeron exclusivamente para demostrarlo. Los de la U acusan que en realidad son los colocolinos los que caen sobre los globos rojos que ellos portan . La confesión cantada de una porra a la otra parece más bien una confesión de amor y necesidad mutua. Una declaración donde no importa quién caiga sobre quién, la anuncian cantando, bailando y con globos. Sólo faltan los chocolates para completar la postal de día de San Valentín.

Como en todo el mundo, el futbol es una válvula para alimentar viejas rencillas y darles forma. Te odio no por rico, sino porque le vas al Colo colo. Detesto a los de tu barrio no porque esté lleno de asaltantes, sino porque son de la U. Las frases políticamente incorrectas llevadas al estadio para un juego donde nadie de la tribuna podrá hacer algo para evitar que el portero se coma el gol. Ni los gritos tácticos, el silbido ensordecedor o el paso de baile practicado.Aunque el aficionado colocolino seguramente está seguro de que influyó en el error del portero de la U para el gol de Esteban Paredes de tiro libre. ¿Nadie ha pensado que el portero pudo desconcentrarse por los gritos? ¿o que el delantero colocolino que falló tres goles claros los hubiera anotado en un estadio silencioso?

Seguramente la señora que provocó que la niña en el bailable de mi hermana se pusiera a llorar pensó algo parecido al aficionado: "mi hija bramó como becerro porque no le enseñé bien cómo se bailaba el Hasta luego cocodrilo. Tendré que ponerme a practicar"


viernes, 9 de octubre de 2009

Las burlas, las vacas y los camiones

No creo nunca conocer a alguien que odie las bromas. Aparte de provocar risa, ellas ridiculizan a alguien más. Es paradójico que el blanco de las mejores bromas es frecuentemente alguien a quien conocemos o admiramos. Pareciera que también son una forma de decir te quiero.

Algunas bromas son más que merecidas para sus receptores. Surgen de su misma apatía o desidia. La burla al compañero gordo que podría hacer ejercicio o comer saludable; a la amiga que se vistió como puta que pudo ponerse una falda más larga o al compañero pde arranda que tuvo varios deslices en una noche de copas. Ahí el te quiero se disfraza de consejo. Se convierte en un susurro: deja de hacer eso, lo digo porque te quiero.

Sin embargo, la mayoría de las bromas son sobre cosas ajenas a nuestras decisiones individuales. Las más comunes se refieren al lugar de origen, como si el pasado o la geografía determinaran invariablemente las cualidades y fortalezas. En este tipo de bromas se asoma dualmente la admiración por el progreso y la denostación por lo rústico o lo infuncional en el mejor de los casos.

En el mundo de las bromas, un lugar no vale por sus bellas montañas, la sonrisa de su gente o el sabor de su comida. La frase más común es lapidaria: como en tu pueblo, donde sólo hay vacas y la gente anda en burro. Las vacas y los burros se transforman en grandes comediantes involuntarios. La manera de transportarse pone los adjetivos.

En mi ciudad natal la gente no anda vacas ni en burros. Sin embargo, cuando llegué a vivir a una ciudad más grande, escuché mucho esa broma. Últimamente he pensado que lo único que falta para erradicar el chiste es mejorar. Poner en Puebla un mejor transporte colectivo o poner un metro.

Aprendí a viajar en el transporte público poblano durante la secundaria. Antes de eso nunca necesité tomar un microbús. Mis padres siempre contrataron a alguien para que manejara y mi papá siempre prefería tomar taxis, pues nunca le gustó conducir. Hoy me doy cuenta que era un niño burgués. Cuando el panorama familiar cambió de repente, ya no había autos ni ayudantes exclusivos. Tomaba el autobús si quería ir a algún lugar que no fuera la escuela.

A pesar del cambio, nunca me quejé. Qué cosa tan cómoda era viajar en colectivo. No debía rendir cuentas de adónde iba y nadie me veía. Quizás valoraba más el deseo de sentirme libre. El conductor me cobraba una pequeña cantidad, yo tomaba asiento y me despreocupaba del mundo. Aprendí a cargar libros para los traslados y valoré los jueguitos y el radio de mi celular. Sólo debía programar que no se fuera a hacer tan tarde, pues después de las 12 no pasaba nada por la ciudad. Ni siquiera burros o vacas. Hoy que me siento absolutamente libre, me volví más como mi papá. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que tomé un autobús en Puebla.

En la Ciudad de México vivo frente a un paradero de autobuses. Es sucio, huele a comida todo el día y está lleno de ambulantes. Aunque es mi hogar y muchas veces me ha alimentado y divertido a un precio barato, sé que eventualmente me hartaré de los puestos piratas, el caos y los tacos de perro (no lo digo de forma despectiva, seguro son de perro y por cierto, me fascinan).

En una ciudad tan grande me parece increíble que no haya una tarjeta única de viaje en la ciudad y que dependa del humor del conductor para salir. El coche y el taxi se han vuelto mi salvación. La ciudad requiere un sistema de transporte público integral y coordinado. Hay tres sistemas que usan tarjeta (Tren suburbano, Metro y Metrobús) y a nadie se le ha ocurrido que se pueda pagar con una sola de ellas. ¿Introducir tarjetas en los peseros?. No, para qué, si así funcionan bien. Tampoco sería muy costoso poner una hora de salida.

Hace unos dos años, el gobierno de Chile puso en marcha su primer sistema de transporte público integral para Santiago. La panacea que cualquiera habría soñado para moverse mejor por su ciudad y alejar los mitos de las vacas y los burros. En una ciudad con siete millones de habitantes, la destrucción de la leyenda se convierte en una exigencia para los gobiernos.

Los autobuses del Transantiago son espectaculares por fuera: grandes, espaciosos e imponentes. El Transantiago debería ser el símbolo de la Ciudad y el encanto de todos los santiaguinos, pero no es así. No sé si sea porque los chilenos se quejan mucho, pero he escuchado muchas inconformidades. Como en todo, algunas argumentadas con basura y otras con hilos de seda. Seré injusto y hablaré sólo de lo malo.

Para tomar un autobús debes comprar una tarjeta porque no puedes pagarle en efectivo al conductor. Este tonto detalle es poco amigable y agresivo con el turista. La justificación para sólo usar la tarjeta es evitar la corrupción del chofer. Un argumento absurdo que olvida el origen de las cosas. Hace unos años, en Puebla eliminaron las multas de tránsito. Pasarte un alto, invadir el paso peatonal o darte una vuelta prohibida no repercutían en tu bolsillo. Dijeron el mismo absurdo: es para quitar la corrupción. El camino más fácil: atacar una consecuencia de la mala capacitación y deshonestidad de los policías, en lugar de capacitarlos y despedir a los deshonestos.

El mayor problema de Transantiago es que nadie sabe el camino de los autobuses. Cada uno tiene un pequeño letrero con los puntos intermedios, mas recorren grandes distancias por varios caminos. Si bien en el DF es igual, en Santiago ni el conductor sabe adónde va, pues sus rutas no son fijas. Dos veces hemos preguntado a un chofer si pasaba por determinado lugar. En ambas se confesó ignorante. No seré injusto, pues siempre llegamos a nuestro destino. Aunque fue sólo porque íbamos sobre LA calle principal y sólo debimos fijarnos en la numeración.

He vivido en pocos lugares, pero el sistema de transporte finlandés era fabuloso. Tiene todo en Internet: la hora de salida, la hora en que pasa por cada parada y la hora en que va a regresar. La misma información la repita en cada una de las paradas, la gente conoce todo y el chofer te auxilia. A pesar de que nada aparece en mi idioma materno, nunca me perdí. El costo por viaje era elevado, pero había muchas ventajas y sólo una opción. Si perdías tu tarjeta podías reponerla sin perder el dinero depositado y el pago podía ser por viaje, día, mes o año. El único problema era su perfección. Si anunciaba pasar 12.43, 12.44 ya se había ido.

El Transantiago es una gran idea capaz de modificar más de lo que imaginamos. Su concepto puede cambiar el idioma y la forma en la que nos burlamos de los demás: “en tu pueblo ni los choferes de los camiones nuevos y el sistema moderno saben para dónde van”. ¿Es esa burla peor que hablar de vacas y burros? Por supuesto que no, es pura ardidez. Con todos sus defectos, ojalá en algún lugar de México tuviéramos algo parecido al Transantiago.

Hasta que aparezca, seguiremos burlándonos con los mismos burros y las mismas vacas. Si llega a algún lugar distinto a la capital, el DF se convertirá en el pueblo de los mismos paraderos sucios y la salida sin horario.

De cualquier manera se reinvetará el idioma y las burlas continuarán.